Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Casi paralizado por aquella demostración de poder, el hombre supo que no habÃa escapatoria posible y se arrojó al suelo frente a Jia Lian.
—¡No se enfade Su SeñorÃa! —suplicaba—. Fue la miseria la que me llevó a urdir esta desvergonzada patraña. Pedà dinero prestado para poder hacer ese jade, pero no me atreveré a pedir que me lo devuelvan. Lo dejaré como juguete de sus jóvenes señores. —Y al tiempo que decÃa esto, hacÃa repetidos koutou.
—¡Estúpido! —tronó Jia Lian—. ¿A quién de esta mansión le interesarÃa tu podrida basura?
En eso entró Lai Da, quien le dijo sonriente a Jia Lian:
—No se moleste, señor. Esta rata no lo merece. Déjelo ir y que no vuelva por aquÃ.
—¡Realmente despreciable! —rabió otra vez Jia Lian.
Lai Da trató de aplacar a su señor, pero Jia Lian siguió endureciéndose hasta que los sirvientes del exterior dijeron al tramposo:
—¡Perro estúpido! ¡Rápido! Haz unos koutou ante el señor Lian y el tÃo Lai, y esfúmate. ¿O acaso estás esperando que te echen?
Entonces el hombre hizo dos rápidas reverencias y se escabulló. A partir de entonces se oÃa por calles y callejones «A Jia Baoyu le han dado un falso Jade Precioso[2]».