Sueño en el pabellón rojo

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Con una profunda reverencia, se despide su hermano menor, Zhou Qiong.

Tras leer aquello, Jia Zheng pensó: «En verdad, los matrimonios de los hijos parecen predestinados. Yo conocí a Zhou Qiong el año pasado, cuando fue nombrado para ocupar un cargo en la capital, y como era un paisano, y además me impresionó la apostura de su hijo, le mencioné un enlace durante aquel festín de bienvenida. Pero no dije nada a la familia, pues el asunto aún no estaba arreglado. Cuando lo trasladaron a la costa olvidamos el asunto, y ahora que me han enviado aquí él recuerda mi propuesta. Considero a nuestras familias compatibles, y sin duda éste sería un buen enlace para Tanchun. Debo escribir a la familia para consultar».

Y mientras rumiaba aquello, le trajeron una citación. Debía presentarse ante el gobernador, en la capital de la provincia, para discutir ciertos asuntos. Se puso en camino inmediatamente.

Uno de esos días, mientras reposaba en el hostal donde se alojaba, Jia Zheng se puso a hojear un montón de ejemplares de la Gaceta de la Corte que había sobre su escritorio, y dio con un informe del Ministerio de Castigos que trataba «del comerciante Xue Pan, originario de Jinling».

—¡Qué desastre! —exclamó—. Este feo asunto ha llegado muy arriba.


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