Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—¿Cómo pudo arruinarse una familia como ésa? —dijo el otro—. He oído decir que una de sus hijas fue concubina del emperador, y aunque ya murió, consiguieron establecer ciertos lazos y los he visto codeándose con príncipes y nobles, muy bien situados; o sea, que tienen un sólido respaldo. ¡Si hasta el actual prefecto, que fue secretario de la Guerra, es pariente suyo! Seguro que han encontrado protección en toda esa gente.

—¡Vives aquí y no te enteras de nada! ¡Los demás no eran tan malos, pero ese prefecto Jia era lo peor! Más de una vez lo vi visitando ambas mansiones, y después de la denuncia de los censores al emperador fue él el encargado de la investigación. ¿Y qué piensas que hizo? Como había sacado provecho de ambas mansiones, el temor a ser acusado de encubrirlas le llevó a darles una feroz patada. Su informe fue el que provocó que fueran confiscadas. En los tiempos que corren no valen de nada los sentimientos entre parientes.

Bao Yong, que estaba junto a ellos, oyó aquellos chismes. «¿Es que ya no queda gente en el mundo con sentido de la gratitud? —pensó—. Me pregunto cuál es su relación con nuestro señor. ¡Si me encuentro con ese bribón lo mataré a puñetazos! ¡Y al diablo las consecuencias!»

En ese ensueño de beodo estaba cuando escuchó a unos heraldos gritando: «¡Despejen!». Y aunque estaba a cierta distancia, escuchó a aquellos dos tipos susurrando:


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