Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Al día siguiente, antes del alba, todos los que tenían rango oficial, de la Anciana Dama para abajo, se enfundaron el traje ceremonial completo. Por todo el jardín se veían colgaduras y biombos brillantemente bordados con dragones danzantes y fénix voladores; el oro y la plata relumbraban, trémulas vibraban las perlas y piedras preciosas; un incienso de lirio ardía en los trípodes de bronce, y los jarrones rebosaban de flores frescas. Ni una tos interrumpía el solemne silencio.
Jia She y el resto de hombres esperaron fuera, en la entrada de la calle oeste, y la Anciana Dama y las mujeres hicieron lo propio frente al portón principal delantero. Los extremos de la calle y los pasajes que conducían al portón principal habían sido cegados con biombos.
Ya empezaba a fatigarles la espera cuando llegó un eunuco cabalgando sobre un enorme caballo. La Anciana Dama le hizo pasar y le pidió noticias.
—Todavía tardará un buen rato —informó el eunuco—. Su Alteza almorzará a la una; a las dos y media rezará ante el buda del palacio del Espíritu Precioso; a las cinco acudirá al banquete del palacio del Gran Esplendor y presenciará la exhibición de faroles antes de solicitar el permiso del emperador para venir. Le será difícil salir antes de las siete.
Ante la perspectiva, Xifeng sugirió a la Anciana Dama y a la dama Wang que entraran a descansar y volvieran más tarde.