Sueño en el pabellón rojo

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Xifeng, que había estado supervisando los preparativos de las mesas en el cuarto interior, llegó a sumarse a la discusión.

—Baoyu no miente. Es cierto lo que dice. El otro día Xue Pan vino a pedirme unas perlas. «¿Para qué quieres unas perlas?», le pregunté. «Para una receta —me dijo con un gruñido—, y si hubiera sabido las molestias que me ocasionaría no me habría metido en el asunto.» Yo le pregunté: «¿Pues de qué receta se trata?». «De una de las del primo Bao», me contestó. No tuve tiempo de escuchar todos los ingredientes que me enumeró, pero en un momento dado dijo: «Pude haber comprado unas perlas, pero las que se precisan para esta receta tienen que haber sido lucidas sobre la cabeza. Por eso he venido a pedírtelas. Si no tienes algunas sueltas, déjame cogerlas de alguno de tus adornos y más adelante encontraré unas buenas para reemplazarlas». De manera que tuve que darle un par de perlas de mis adornos. También quiso tres lienzos de gasa roja de la corte y me explicó que quería moler las perlas y convertirlas en un polvo fino que luego mezclaría con otros ingredientes.

Baoyu había interrumpido varias veces el discurso de Xifeng con exclamaciones como «¡Alabado, sea Buda! ¡Por fin se ha hecho la luz en este cuarto!», y en cuanto ella concluyó él intervino:


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