Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Y los cuatro siguieron llorando hasta que Xiren, forzando una sonrisa, dijo a Baoyu:
—Sin tener en cuenta más motivos, sólo el cordón de su jade debería impedirle pelear con la señorita Lin.
Olvidando sus náuseas, Daiyu se abalanzó sobre ella y le arrancó el jade de las manos, asió unas tijeras y, con rápidos movimientos, cortó el cordón que había trenzado con sus propias manos. Xiren y Zijuan intentaron impedírselo, pero llegaron demasiado tarde.
—Todo mi trabajo en vano —sollozó Daiyu—. No lo aprecia. Tiene quien le haga uno mejor.
Xiren, apresuradamente, le arrebató el jade.
—¿Por qué hace eso? —protestó la doncella mientras se lo quitaba—. Es culpa mía. Debí quedarme callada.
—¡Córtalo en pedacitos! —retó Baoyu a Daiyu—. De todos modos no pienso volver a usarlo, así que no me importa.