La Charca
La Charca Juan del Salto, caballero en una mula, llegó al plantÃo, en donde la brigada de campesinos se aplicaba al deshierbo y limpieza de terrenos. Con afán de amo entendido iba a vigilar los trabajos para que no le engañasen limpiando las orillas del plantÃo dejando malezas en el centro. Dejó la cabalgadura en la vereda y penetró en el monte. Un grupo de obreros, escalonado en la vertiente, manejaba el machete talando hierbajos y enredaderas. Juan, con mirada práctica, abarcó el conjunto. De los trabajadores, algunos cantaban coplas monótonas; otros esgrimÃan la hoz silenciosos, y otros, los más próximos, sostenÃan animados diálogos.
—Aquà hace falta gente, don Juan —dijo uno de ellos arrancando de un tirón una campánula—. La cosecha está al caer, y si no se activa la limpieza va a perderse mucho grano.
—¡Ya estás tú bueno! —repuso Juan con acento benévolo—. ¿Crees que los propietarios disponemos del personal a nuestro gusto? Eso dilo a tus compañeros; a los que no trabajan los lunes, cansados con las huelgas del domingo; a los que escandalizan el barrio con tropelÃas, como la del sábado último en la tienda de Andújar; a los que pasan la semana mascando tabaco y tendidos en la hamaca.
—¡Ah, yo no soy de ésos!
