La Charca

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No pensaba ella entonces en huir de Ciro, como otras veces. En aquellos instantes era él el amparo, el asidero, la columna, la resistente columna protectora.

Pensaba él en sus ansias, en sus delirios, en la embriaguez producida por el tibio contacto del ser amado. Era columna, pero columna viviente, animada, con sed de caricias, con hambre de besos, ávida de estremecerse en arrebatos de pasión.

Ciro, en un supremo abrazo, besó a Silvina en la boca. Tenue el azul del río; volubles las ráfagas de la brisa… Todo con pasmosa armonía diseminaba encantos en la soledad del paisaje.

Ciro, tiernísimo, amoroso, entregábase a la dicha lograda. En Silvina no palpitaba la sin par caricia de la pasión vencedora, ni la embriaguez que proyecta la vida a través de los mundos y los tiempos; ni el aura deliciosa que funde en uno solo todos los alborozos de la vida.





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