La Charca
La Charca En mayo, el cerezal de Marta lucía sus atavíos. Mostrábase dichoso, como si la felicidad le enviara la caricia de sus besos.
Todo parecía dormitar en la dicha, reclinarse en el sosiego, florecer en el bien. Sólo Marta sufría…
En febrero había muerto el nietezuelo: aquel espíritu sin vaso que no pudo retener por más tiempo las ligaduras terrenales. Rindióse el cuerpecillo en el polvo y el espíritu voló muy lejos, donde Dios le llamara, donde hubiera ventura bastante para compensar los dolores de su tránsito por la vida.
La piedad de los vecinos recogió los despojos. Envuelto en los jirones de una sábana blanca colocáronle en un ataúd de tablas toscas, y, descubierto, condujéronle al poblado. Cavaron en el cementerio parroquial una tumba anónima, pusiéronle en el fondo, y rellena la fosa, igualada con pala fúnebre la superficie del suelo, la tierra guardó el secreto. El secreto de una vida ignorada, de una existencia desconocida; de un alma triste que pudo sembrar en el viviente surco un grano de trigo, que tuvo derecho al amparo de todos, a que la mano social, desnudándose el guante del egoísmo, se alargara para ella; el secreto de un poema de desdicha, de una víctima inmolada por el crimen, por este terrible crimen que se comete sin conciencia de que se consuma.
