La Charca

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Aquella vez la luz fue fácil. Multitud de testigos desfiló ante el juez, y aunque siempre hostiles a la verdad, las circunstancias del crimen obligaron a los declarantes a ser explícitos.

Nadie, sin embargo, pronunció el nombre de Marcelo.

Este, después del atentado, llegó jadeante a su choza.

Era ya media noche, y tan intensa la excitación del joven que, atontado, sin memoria, idiota, casi demente, arrojóse sobre el pavimento y cayó en un profundo sopor.

Antes del mediodía, la policía rodeó la choza. Despertáronle bruscamente, y él, sintiendo en la cabeza el plomo de pavorosos recuerdos, prorrumpió en sollozos. ¡Ah, venían por él! Respondió al llamamiento sin negar su personalidad, y creyendo que la policía debía en aquel mismo instante juzgarle y castigarle, dobló los brazos en actitud suplicante, sollozó amargamente y con acentos de dolorosa desesperación confesó su delito. ¡Él había sido…, él había matado a su hermano!

Atáronle, y siempre sollozando dejóse conducir. Las gentes, al verle pasar, no tuvieron lástima de sus lágrimas; volvían la cara con horror, le miraban con ira.


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