La Charca
La Charca Dos años después, Silvina vivía en una choza situada en las cumbres de la granja de Juan del Salto.
Las cosas habían variado mucho. Cuando Silvina supo el trágico fin de Ciro sintióse desgarrada por inmenso dolor. Dejóse arrebatar por la desventura, gritando, maldiciendo, sollozando desconsolada. ¡Ingrato destino el suyo! Su vida junto a Gaspar habíale parecido un siglo; su felicidad junto a Ciro, un minuto.
Las primeras horas de aquel dolor fueron aciagas. Almas piadosas del vecindario acudieron a mitigar con palabras de cariño la amargura de tanto duelo, mas todo inútil; Silvina fue sorda a los consuelos, hostil a las reflexiones. ¡Ah, pobre de ella! Aquel hombre tan generoso, tan bueno, que tanta ternura tuvo para ella, caía asesinado por su propio hermano, caía dejándola sola, abandonada en las miserias de una vida de privaciones y vergüenzas. No, ella no podía conformarse. Si Dios era justo, ¿por qué la maltrataba tan cruelmente? Quería morir, morir para curar la enconada herida de sus dolores, morir para acabar de una vez con los azares de su desventurada existencia. ¿Qué significaba ella en el mundo?… ¿Para qué podía servirle la vida?
Y joven, casi niña todavía, sentíase cansada de vivir, débil ante tanto infortunio, hastiada de tener en la cabeza pensamientos y en el corazón alientos de imposible dicha.