La Charca
La Charca Junto al río, sentados sobre un prado de musgo, varios campesinos jugaban naipes. Había allí un bosquecillo, un lugar oculto, libre de las miradas de los que transitaban por el camino y situado detrás de la tienda de Andújar. Parecía una cripta; la Naturaleza ofrece asilos floridos para el amor, para el sueño, para el crimen.
Deblás, manoseando una sucia baraja, dirigía la contienda: contienda del azar o de la trampa.
Colocaba las cartas sobre el suelo mullido por prolífica fumaria, metodizaba luego las apuestas, iba luego descubriendo las cartas y, por fin, pagaba a los afortunados y cobraba a los que perdían. Se cruzaban apuestas de ochavos, de una peseta a lo sumo, y en la banca se apiñaba un montón de monedas que el ansia de los jugadores agrandaba.
Deblás, perseguido por la justicia, había encontrado en la comarca un buen escondite. Su primo Andújar le protegía. Éste, más de una vez, desvió a la policía forestal, despistándole y sustrayendo de sus garras la presa.
Para un hombre como Andújar, un primo como Deblás podía ser útil en ciertos momentos. Es verdad que se veía obligado a sostenerle con dinero y vituallas; mas era preferible tal dispendio a tener un pariente en presidio o, tal vez, tenerle suelto por enemigo.
