El dinero

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En realidad, Saccard se preguntaba qué interés podía tener el banquero en recibir a todo el mundo. Era indudable que poseía una extraña capacidad de abstracción que le permitía aislarse, prosiguiendo sus pensamientos, y que, por otra parte, aquello formaba parte de una norma que le hacía revisar cada mañana el mercado, hallando siempre en ello un beneficio, por mínimo que fuera. Con mucha acritud, rebajó ochenta francos a un comisionista a quien el día anterior había encargado de una operación, que evidentemente trataba de robarle. Llegó luego un anticuario con un estuche de oro esmaltado del siglo XVII, parcialmente restaurado, en el que al momento el banquero adivinó una falsificación. Pasaron después dos damas, una vieja con perfil de ave de presa y una joven morena de gran belleza, que deseaban mostrarle, en su casa, una cómoda Luis XV, a lo que se negó rotundamente. Acudieron también un joyero con unos rubíes, dos inventores, e ingleses, alemanes e italianos, gentes de todas las lenguas y todos los sexos. Proseguía entretanto el desfile de los corredores, mezclados con las demás visitas, reproduciendo los mismos gestos y presentando siempre sus cotizaciones de un modo mecánico, mientras el enjambre de empleados de la banca, al acercarse la hora de la Bolsa, cruzaban la estancia más numerosos, portadores de telegramas o en busca de alguna firma.



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