El dinero
El dinero —Pues sÃ, ¡claro que está permitido!… ¿Nos cree tan bobos quizás como para arriesgar un fracaso? Eso sin contar con que necesitamos gentes sólidas, dueñas del mercado, en previsión de unos comienzos difÃciles… Siempre verá las cuatro quintas partes de nuestros tÃtulos en manos seguras. Pronto podrá irse a la notarÃa para firmar el acta de constitución de la sociedad.
Atrevióse ella a discutirle.
—Creà que la ley exigÃa la suscripción Ãntegra del capital social.
Muy sorprendido esta vez, la contempló de frente.
—¿Por lo visto se dedica a leer el Código?
Ella se sonrojó ligeramente al oÃrle, pues lo habÃa adivinado: la vÃspera cediendo a su inquietud, a ese miedo sordo y sin motivo concreto, se habÃa leÃdo la ley sobre las sociedades. Por unos instantes estuvo a punto de mentir. Confesándose luego, repuso riendo:
—Es verdad, ayer estuve leyendo el Código. Y de ese buceo salÃ, tratando de calibrar mi honradez al igual que la de los demás, lo mismo que se sale cuando se hojean los libros de medicina, con todas las enfermedades.
Pero él se mostraba molesto, pues este hecho de haber querido informarse, la hacÃa aparecer como desconfiada, dispuesta a vigilarle, con sus ojos de mujer, escudriñadores e inteligentes.