El dinero

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Si Busch, después de casi seis largos meses, seguía sin mostrarse impaciente, sin hacer valer el extraordinario descubrimiento que lograra respecto a la existencia de un hijo natural de Saccard, era en primer lugar por las mismas razones que ya había presentido, es decir, el mediocre resultado que entrañaría sacarle tan sólo los seiscientos francos de los pagarés suscritos a la madre; y además por la dificultad de hacerle cantar para conseguir mayor cantidad, una suma llamémosla razonable de algunos miles de francos. A un hombre viudo, libre de toda clase de cortapisas, al que no asustaba gran cosa el escándalo, ¿cómo aterrorizarle y hacerle pagar caro ese vil regalo de una criatura producto del azar, crecido en el fango, semilla de rufián y de asesino? Claro está que la Méchain había forjado laboriosamente una larga cuenta de gastos, alrededor de seis mil francos: cierta cantidad de monedas de veinte sueldos prestados a Rosalía Chavaille, prima suya y madre del pequeño; a continuación lo que le había costado la enfermedad de la desdichada, su entierro, el cuidado y conservación de su tumba; lo que, en fin, llevaba gastado con Víctor mismo desde que le tenía bajo sus auspicios, alimentación, ropa, un montón de conceptos. Pero, en el caso de que la paternidad no hiciera mella en los sentimientos de Saccard, ¿no era más que verosímil que los enviara a paseo?; máxime teniendo en cuenta que nada ni nadie en el mundo podría probar semejante paternidad, como no fuera el parecido con la criatura; y seguirían sin sacar de él otra cosa que el dinero de los pagarés, y esto si no se le ocurría invocar la prescripción.


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