El dinero
El dinero Era un hombre que no contaba con quinientos francos seguros en caja, pero que sostenía un tren de dos o trescientos mil francos anuales. De aquel modo, encontraba la manera de llenar con su persona las vastas habitaciones del primer piso, los tres salones y los cinco dormitorios, sin contar con el enorme comedor, en el que podía disponerse una mesa para cincuenta cubiertos. Allí se abría antes una puerta que daba a una escalera interior, que llevaba al segundo piso, a otro comedor de menores dimensiones, cuya parte había arrendado recientemente la princesa a un ingeniero, el señor Hamelin, que vivía, soltero, con su hermana, y que se contentó con condenar la puerta con dos gruesos tornillos. De aquel modo, la dueña compartía con este inquilino la antigua escalera de servicio, mientras Saccard tenía para sí el uso de la gran escalera. Amuebló parcialmente algunas habitaciones con los restos de su antigua casa, dejando vacías las demás, e incluso consiguió devolver algo de vida a aquella sucesión de paredes tristes y desnudas, a las que una mano obstinada parecía haber despojado hasta de las menores huellas de ornato, desde la muerte del príncipe. Y así pudo reanudar sus sueños de una gran fortuna.