El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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III

Todos los sábados, de cuatro a seis, la señora Desforges invitaba a té con pasteles a los allegados que se acercaban a visitarla. Vivía en la tercera planta de un edificio sito en la confluencia de las calles de Rivoli y de Alger, y las ventanas de los dos salones daban a los jardines de las Tullerías.

Aquel sábado, cuando un lacayo se disponía a hacerlo pasar al salón principal, Mouret vio desde el recibidor, por una puerta abierta, que la señora Desforges cruzaba el salón pequeño. Se detuvo ésta al reconocerlo y él entró por allí, saludándola con tono ceremonioso. Pero, apenas el lacayo hubo cerrado la puerta, tomó ansiosamente la mano de la joven y la besó con ternura.

—¡Ten cuidado, que ya han empezado a llegar! —dijo ella, bajando la voz y señalando con un gesto la puerta del salón principal—. Había ido a buscar este abanico para enseñárselo.

Y, con la punta de dicho abanico, le dio alegremente un suave golpe en el rostro. Era una mujer morena, algo metida en carnes, de ojos grandes y celosos. Pero él, sin soltarle la Mano, inquirió:

—¿Va a venir?


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