El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Tras retirarse Lhomme y Albert, enjugándose el sudor del rostro, Mouret permaneció inmóvil un instante, absorto, clavando los ojos en el dinero. Luego, al alzar la vista, vio a Denise, que se había apartado. Recobró entonces la sonrisa, la obligó a acercarse y acabó por decirle que le regalaba cuanto le cupiera en la mano cerrada. Y, más que una broma, era aquello un deseo de comprar amor.
—Ahí, en la bolsa. Apuesto a que saca menos de mil francos. ¡Tiene usted una mano tan pequeña!
Pero ella retrocedió aún más. ¿Acaso la quería? Lo comprendía todo, de repente, notaba la creciente llama del arrebatado deseo en que Mouret la envolvía desde que había regresado al departamento de confección. Y lo que más la turbaba era notar que su propio corazón latía alocadamente. ¿Por qué la ofendía con aquel dinero, si se sentía rebosante de agradecimiento y Mouret habría podido hacerla desfallecer con una única palabra de afecto? Él se le iba acercando, sin dejar de bromear; pero, para mayor descontento de Mouret, se presentó en el despacho Bourdoncle, so pretexto de informarle de las cifras de asistencia: aquel día había acudido a El Paraíso la enorme cantidad de setenta mil clientes. Y Denise se fue, presurosa, tras haber dado otra vez las gracias.