El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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Denise no había bajado a las ocho con las demás dependientes. Aunque no había podido salir de su cuarto desde el jueves anterior, porque se había torcido el tobillo al subir al taller, se encontraba ya mucho mejor. Pero, como la señora Aurélie la mimaba mucho, no se apresuró; empezó a calzarse, no obstante, trabajosamente, con la firme intención de acudir, pese a todo, al departamento. Los cuartos de las señoritas ocupaban ahora el quinto piso de los edificios nuevos, que corrían a lo largo de la calle de Monsigny; había, a ambos lados de un corredor, sesenta habitaciones, más confortables que antes, aunque seguían amueblándolas una cama de hierro, un armario grande y un tocador pequeño, ambos de nogal. En ellas, las dependientes iban añadiendo a su vida íntima nuevas pulcritudes y elegancias; se ufanaban de usar jabones caros y ropa interior fina y, a medida que su suerte iba mejorando, emprendían un lógico ascenso hacia la burguesía, aunque se oyesen aún, como en una pensión, algunas palabras gruesas y algunos portazos durante las prisas tempestuosas que las arrebataban por la mañana y por la noche. Por lo demás, Denise, dada su categoría de segunda encargada, tenía una de las habitaciones más amplias, con dos ventanas abuhardilladas que daban a la calle. Ahora que era rica, se permitía ciertos lujos: un edredón rojo cubierto de guipur, una alfombra pequeña delante del armario y, encima del tocador, dos jarrones de vidrio azul donde se marchitaban unas rosas.


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