El ParaÃso de las damas
El ParaÃso de las damas Bouthemont fue el primero en llegar aquel dÃa al té de las cuatro, en casa de la señora Desforges. Ésta, sola aún en el gran salón Luis XVI, al que tan alegre claridad prestaban los herrajes de cobre y los brocateles, se puso en pie con expresión impaciente, al tiempo que decÃa:
—¿Qué hay?
—Pues hay —repuso el joven— que cuando le he dicho que lo más probable era que subiera a saludarla a usted, me ha prometido formalmente que vendrÃa.
—¿Le ha insinuado usted que esperaba hoy al barón?
—Desde luego… Eso es lo que, al parecer, ha hecho que se decidiera.