El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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II

Al día siguiente, a las siete y media, estaba Denise delante de El Paraíso de las Damas. Quería presentarse a solicitar el puesto antes de acompañar a Jean a casa de su maestro, que vivía lejos, en la parte alta del faubourg de Le Temple. Pero, como estaba acostumbrada a madrugar, había ido demasiado temprano: apenas si estaban empezando a llegar los dependientes; y, temiendo hacer el ridículo, presa de timidez, se quedó un rato a pie firme en la plaza de Gaillon.

Soplaba un viento frío que ya había oreado los adoquines. En la pálida claridad de amanecer que caía del cielo ceniciento, los dependientes, a los que aquel escalofrío primero del invierno había cogido por sorpresa, salían con paso rápido de todas las bocacalles con el cuello del gabán levantado y las manos metidas en los bolsillos. La mayoría iban solos, con prisa, y se metían en los almacenes sin dirigir ni una palabra, ni tan siquiera una mirada, a los colegas que caminaban a su lado apretando el paso; otros llegaban en grupos de dos o tres, hablando por los codos, ocupando todo el ancho de la acera; y todos ellos, antes de entrar, tiraban al arroyo, con idéntico ademán, el cigarrillo o el puro que iban fumando.


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