El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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XIII

Una mañana de noviembre, estaba Denise dando las primeras órdenes en su departamento cuando vino a decirle la criada de los Baudu que la señorita Geneviéve había pasado una noche muy mala y quería ver a su prima sin tardanza. Desde hacía una temporada, la joven se iba debilitando de día en día y, la antevíspera, no había podido ya levantarse.

—Diga que voy ahora mismo —le respondió Denise, muy preocupada.

El golpe que estaba rematando a Geneviéve era la repentina desaparición de Colomban. Al principio, para que Clara no se riera de él, no iba a dormir a casa de Baudu; luego, cediendo a ese enloquecedor arrebato de deseo de los jóvenes solapados y castos, convertido ya en el sumiso perro de aquella mujer, un lunes no había regresado, contentándose con enviar a si, patrón una carta de despedida escrita con las sopesadas frases de un hombre a punto de suicidarse. No había que descartar que, tras aquel ataque de pasión, no pudiera hallarse también el astuto cálculo de un muchacho satisfechísimo de librarse de una boda desastrosa; la salud del comercio de paños era tan mala como la de su prometida y había llegado la hora de dar la campanada para poder romper el compromiso. Pero todo el mundo se refería a él como si fuese la víctima de un amor fatal.


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