El sueño

El sueño

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Él se quedó extasiado contemplándola. ¡Ella era tan adorablemente infantil, con aquella risa contenida en la que vibraba toda su juventud! Mojada con el agua que la había salpicado, los brazos helados por la corriente, olía a pureza, a la nitidez de las fuentes vivas que surgen del musgo del bosque. Eso era salud y alegría bajo el gran sol. Se adivinaba en ella a una buena ama de casa, y, sin embargo, reina, con su traje de faena, con su esbelta silueta, su rostro alargado de hija de rey, como las que aparecen en el fondo de las leyendas. Y ya no sabía cómo devolverle la ropa de tan bella como la veía, con la belleza artística que él amaba. Eso le irritaba todavía más, tener aquel aspecto inocente, porque se daba perfecta cuenta del esfuerzo que ella hacía para no reír. Tuvo que decidirse y le entregó la blusa.

Entonces, Angélique comprendió que, si despegaba los labios, estallaría de risa. ¡Pobre muchacho! La conmovía profundamente; pero aquello era irresistible; ella era demasiado feliz y la necesidad que sentía de reír, reír hasta quedarse sin aliento, la desbordaba.

Por fin, creyó que podía hablar e intentó decir simplemente:

—Gracias, señor.


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