El sueño

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Realmente, lo peor de aquella aventura fue que pronto Angélique desesperó de su caridad. Aquel muchacho le estropeaba la alegría de ser buena. Anteriormente, quizá tuviera él otros pobres, pero no aquéllos, porque no los visitaba nunca; había debido espiarla, subir tras ella, para conocerlos y quitárselos así, uno tras otro. Ahora, cada vez que llegaba a casa de los Chouteau, con una cestita de vituallas, había monedas de plata encima de la mesa. Un día en que corría a llevarle diez sueldos[113], sus ahorros de toda la semana, al tío Mascart, que se lamentaba sin cesar por la falta de tabaco, lo encontró con dinero, con una moneda de veinte francos reluciente como un sol. Incluso un día en que visitaba a la tía Gabet, ésta le pidió que bajara a cambiarle un billete. ¡Y qué tormento constatar su impotencia, ella que carecía de dinero, mientras que él vaciaba su bolsa con tanta facilidad! Cierto que se alegraba de la suerte que tenían sus pobres; pero ya no sentía la dicha de darles, triste de darles tan poco, mientras que otro daba tanto. Él, torpe, sin entenderlo, creyendo conquistarla, cedía a una necesidad de generosidad conmovedora y le mataba sus limosnas. Sin contar con que tenía que soportar sus elogios en casa de todos aquellos pobres: ¡un joven tan bueno, tan dulce, tan bien educado! Ya no hablaban más que de él, exponían sus donativos como para despreciar los de ella. A pesar de su promesa de olvidarle, ella les preguntaba por él: ¿qué había dejado?, ¿qué había dicho?, y era guapo, ¿verdad?, ¡y cariñoso!, ¡y tímido! Quizá se atreviera a hablar de ella. ¡Ah, por supuesto, siempre hablaba de ella! Entonces ella lo abominaba de verdad, porque al final le pesaba demasiado en el corazón.


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