El sueño

El sueño

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Él seguía sin hablar; la aterrorizaba, como si hubiera crecido ante ella con una temible majestad. La catedral desierta, con sus naves colaterales ya sombrías y sus altas bóvedas donde moría el día, aumentaba aún más la angustia de la espera. En la capilla ya no se distinguían ni siquiera las lápidas sepulcrales; sólo quedaba él, con su sotana negra, su largo rostro blanco que parecía ser lo único que había conservado algo de luz. Ella veía sus ojos que relucían y se fijaban en ella con un destello creciente. ¿Era la cólera lo que los encendía de aquella manera?

—Monseñor, si no hubiese venido, me habría reprochado eternamente haber causado la desgracia de los dos, por falta de valor… Dígame, se lo suplico, dígame que he hecho bien, que da su consentimiento.

¿Para qué discutir con aquella muchacha? Él había dado a su hijo las razones de su negativa y eso bastaba. Si no hablaba, era porque creía que no tenía nada que decir. Ella lo comprendió seguramente y quiso alzarse hasta sus manos para besarlas. Pero él las apartó violentamente hacia atrás; ella se asustó al observar que su pálido semblante se encendía con una brusca ola de sangre.

—Monseñor… Monseñor…

Finalmente, separó los labios y le dijo una sola palabra, la palabra que le había lanzado a su hijo:

—¡Jamás!


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