El sueño

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Hubertine se preocupaba al verla dedicada tan intensamente a su trabajo y, como había llegado la época de la colada, la obligó a dejar el panel de bordado para pasar cuatro hermosos días de vida activa a pleno sol. La tía Gabet, a la que sus dolores dejaban tranquila, pudo ayudarles en el enjabonado y el aclarado. Era una fiesta en el Clos-Marie; aquel final de agosto ofrecía un resplandor admirable, un cielo ardiente y negras umbrías, mientras que el Chevrotte, cuyas aguas llenas de vida helaban los sauces con su sombra exhalaba un delicioso frescor. Angélique pasó el primer día muy alegre, golpeando y sumergiendo la ropa en el agua, disfrutando del río, de los olmos, del molino en ruinas, de las hierbas, de todas aquellas cosas amigas tan llenas de recuerdos. ¿No era allí donde había conocido a Félicien, primero misterioso bajo la luna, luego tan adorablemente torpe, la mañana en que recuperó la blusa que se escapaba? Después de aclarar cada pieza, no podía evitar dirigir una mirada a la verja del Obispado, antes condenada: una noche la había cruzado de su brazo; quizá la abriría él bruscamente para recogerla y llevarla a los pies de su padre. Aquella esperanza animaba su dura labor entre las salpicaduras de la espuma.

Pero al día siguiente, cuando la tía Gabet llevaba la última carretilla de la ropa que estaba extendiendo con Angélique, interrumpió su charla interminable para decir sin ninguna malicia:


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