El sueño
El sueño Las noches siguientes vio aparecer entre las estrellas el delgado creciente de la luna nueva. Pero el astro declinaba al caer el día y se marchaba, tras la techumbre de la catedral, semejante a un ojo de viva claridad que se oculta al cerrarse el párpado. Ella lo seguía, lo miraba crecer en cada crepúsculo, impaciente ante aquella antorcha que iba a iluminar por fin lo invisible. En efecto, poco a poco, el Clos-Marie salía de la oscuridad, con las ruinas de su viejo molino, sus grupos de árboles, su rápido arroyo. Y entonces, bajo la luz, la creación continuó. Aquello que procedía del sueño acabó por asumir la sombra de un cuerpo. Porque al principio sólo vio una sombra apagada que se movía bajo la luna. Entonces, ¿qué era aquello? ¿La sombra de una rama mecida por el viento? A veces todo se desvanecía, el campo dormía en una inmovilidad de muerte y ella creía que se trataba de una alucinación visual. Pero después la duda ya no era posible, porque una mancha oscura había atravesado un espacio iluminado, deslizándose de un sauce a otro. La perdía de vista y la volvía a encontrar sin conseguir definirla nunca. Una noche, creyó reconocer la huida ágil de dos hombros e inmediatamente sus ojos se dirigieron a la vidriera: tenía un color grisáceo, como si la hubieran vaciado, apagada por la luna, que la iluminaba de lleno. A partir de aquel momento, observó que la sombra viviente se alargaba y se acercaba a su ventana, creciendo continuamente, de agujeros negros en agujeros negros, entre las hierbas, a lo largo de la iglesia. A medida que ella la adivinaba más próxima, le invadía una emoción creciente, la sensación nerviosa que se experimenta cuando uno se siente observado por ojos de misterio que no ve. Seguramente había allí, bajo las hojas, un ser que, con la mirada levantada, ya no la abandonaba. Notaba en las manos, en el rostro, la impresión física de esas miradas, largas, muy dulces, tímidas también; no se sustraía a ellas porque las sentía puras, venidas del mundo encantado de la Leyenda; y su ansiedad primera se tornaba en una confusión deliciosa, en su certeza de la felicidad. Bruscamente, una noche, la sombra se dibujó sobre la tierra blanca de luna con una línea franca y neta, la sombra de un hombre, que ella no podía ver, oculto tras los sauces. El hombre no se movía y ella estuvo mirando durante mucho tiempo aquella sombra inmóvil.