Germinal
Germinal En casa de Rasseneu, Esteban, después de haber comido, subió al cuartito que había de ocupar; una especie de buhardilla con una ventana al campo; Y muerto de cansancio, se echó vestido encima de la cama. No había dormido ni cuatro horas en dos días. Cuando despertó, anochecía ya; se quedó un momento inmóvil, como aturdido, sin acordarse del sitio donde se hallaba, y sentía tanto malestar, una pesadez tan grande en la cabeza, que trabajosamente se puso en pie, con el propósito de dar una vuelta y tomar el aire antes de comer, para luego irse a acostar.
El ambiente se había calmado, y el cielo iba encapotándose, cargado de esas nubes del norte, cuya proximidad se presentía por lo tibio y húmedo del aire. La noche avanzaba rápidamente. Sobre aquel mar inmenso de tierra rojiza, el cielo, cada vez más nublado, parecía que iba a desatarse en agua.
Esteban salió de la casa, y comenzó a andar a la ventura, sin más objeto que despejarse la cabeza y sacudir la fiebre de que se sentía acometido. Cuando pasó por delante de la Voreux, ya envuelta en la oscuridad, porque todavía estaban los faroles sin encender, se detuvo un momento, para ver salir a los mineros de por la tarde. Sin duda eran las seis, porque los obreros salían por grupos numerosos mezclados con otros de cernedoras, que iban riendo y cantando por los oscuros caminos que conducían a los barrios.
