Germinal

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Esteban recogió su paquete, que había dejado en el suelo; pero no se marchó aún. Las ráfagas de viento le helaban la espalda, mientras el calor de la hoguera le achicharraba el pecho. Quizás, de todos modos, haría bien en dirigirse a la mina: tal vez el viejo no sabía lo que pasaba: además, se resignaría y aceptaría cualquier faena. ¿Adónde iría, qué iba a hacer en aquella tierra donde no había más que hambre y miseria? ¿Había de dejarse morir como un perro callejero? Sin embargo, le turbaba cierta vacilación, cierto temor que sentía al pensar en la Voreux, casi oculta en las tinieblas, en medio de aquel inmenso llano. El viento era cada vez más fuerte. En el azul del cielo no se veía brillar ninguna luz; solamente los hornos se distinguían en medio de la oscuridad, pero sin iluminar el llano. Y la Voreux, entre tanto, sumido en aquel precipicio, respiraba cada vez con más fuerza, jadeando fatigosamente, como si le costara trabajo la digestión de aquella carne humana que engullía todos los días.

II

El barrio de que hemos hablado, y que se llamaba de los Doscientos cuarenta, dormía en medio de la oscuridad.



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