Germinal
Germinal En casa de Rasseneur, en la salita que ya conocen nuestros lectores, tres mineros de los que trabajaban de día estaban bebiendo cerveza. Pero antes de entrar para acostarse, Esteban se detuvo, contemplando por última vez aquellas tinieblas. Veía la misma oscura inmensidad que cuando en medio de la tormenta había llegado a aquellos lugares en la madrugada anterior; delante de él se adivinaba, más que se veía, la masa informe de los edificios de la Voreux, mal alumbrados por alguno que otro farol. Los tres braseros de la plataforma lucían en el aire, y de vez en cuando, a merced de las llamaradas escapadas de ellos, se destacaban las siluetas del tío Buenamuerte y de su caballo tordo, agrandadas de un modo prodigioso. Y más allá, en la llanura inmensa, todo había quedado sumergido en la oscuridad: Montsou, Marchiennes, el bosque de Vandame, el amplio mar de remolachas y de trigo, y de vez en cuando, luciendo como fardos, los azulados braseros de las minas, o las vagas llamaradas que se escapaban de las altas chimeneas. Poco a poco la noche se iba metiendo en agua; la lluvia caía ya lenta, copiosa, continua, mientras en todos aquellos alrededores se oía un solo ruido: la respiración de la máquina de la Voreux, que ni de día ni de noche se dejaba de escuchar.
