Germinal
Germinal Chaval se enfureció: él no hubiera bajado tanto, y ZacarÃas, que acababa de ponerse a escuchar por mera curiosidad, declaró que era insoportable. Pero Esteban le impuso silencio con un gesto de violenta y sorda cólera.
—¡Esto acabará el dÃa menos pensado, y seremos los amos! —dijo.
Maheu, que no habÃa vuelto a decir palabra desde que terminara la basta, pareció despertar entonces de un pesado sueño, y exclamó:
—¿Los amos?… ¡Ah, maldita suerte! ¿Cuándo será el dÃa…?
Era el último domingo de julio, dÃa de la fiesta de Montsou. El sábado por la tarde, las amas de casa habÃan fregado las salas de abajo, baldeándolas con cubos de agua echada en el suelo y contra las paredes, y el Pavimento no estaba todavÃa seco, a pesar de la arenilla blanca que le habÃan echado, sin reparar en gastos, porque aquello era un verdadero lujo para sus escuálidas bolsas. El dÃa amaneció caluroso; era uno de esos dÃas sofocantes, amenazadores de tempestad, tan frecuentes en los paÃses del norte.
