Germinal
Germinal Las luces empezaban a apagarse en el barrio, y todo quedó en silencio. Las mujeres y los chiquillos continuaban su interrumpido sueño en las camas que se habían quedado más desocupadas. Y desde el tranquilo pueblecillo hasta la Voreux, cada vez más animada, se producía un lento y apiñado desfile de hombres, el desfile de los carboneros que se encaminaban al trabajo, encorvando las espaldas, sin saber dónde abrigarse las manos, cruzando los brazos sobre el pecho, mientras la merienda, puesta en la espalda, les hacía parecer jorobados. Vestidos con ropa ligera, tiritaban de frío, sin apresurarse más por eso, andando diseminados por la carretera.
Esteban se había arriesgado a entrar en la Voreux, y todos los hombres a quienes se dirigía, preguntándoles si había trabajo, meneaban la cabeza, y acababan por decirle que esperase al capataz mayor. Le dejaban andar libremente por los departamentos, mal alumbrados, negros y verdaderamente imponentes, por la complicación de sus habitaciones y sus pisos. Acababa de subir una escalera oscura y medio derruida, y se había encontrado en un pasadizo que temblaba bajo su peso; luego había atravesado el departamento donde se cernía el mineral, y que estaba tan oscuro, que tenía que andar con los brazos extendidos para no tropezar.
De pronto aparecieron bruscamente ante él dos enormes hornos. Se hallaba en la sala de entrada a la boca misma del pozo.
