Germinal
Germinal —¡Vamos mañana por la noche al bosque! —gritó—. Puesto que nos prohiben que nos reunamos en la AlegrÃa, en medio del bosque estaremos más cómodos.
Aquel grito habÃa despertado al viejo Buenamuerte, que dormitaba después de atracarse de patatas.
Aquel era el antiguo grito de combate, la contraseña de los mineros de otro tiempo, cuando se reunÃan para organizar la resistencia contra los soldados del rey.
—¡SÃ, sÃ, a Vandame! —dijo a su vez—. Yo soy de los que van, si se celebra la reunión allÃ. La mujer de Maheu hizo un gesto enérgico.
—¡Iremos todos! ¡Asà se acabará con estas injusticias y con estas traiciones! —exclamó.
Esteban decidió que se diera cita a todos los barrios de obreros para el dÃa siguiente por la noche. Pero la lumbre se habÃa acabado como en casa de Levaque, y la vela se apagó bruscamente. Ya no habÃa carbón ni petróleo, y fue necesario que subieran a acostarse a tientas y transidos de frÃo. Los dos chiquillos lloraban.
Juan, ya curado, podÃa andar; pero sus piernas habÃan quedado tan mal, que cojeaba de las dos y andaba como los patos, si bien no dejaba de correr con la misma habilidad y ligereza que antes.
