Germinal
Germinal A las cuatro se puso la luna, y quedó la madrugada muy oscura. Todos dormían aún en casa de los señores Deneulin; el antiguo caserón de ladrillos permanecía silencioso y sombrío, las puertas y ventanas estaban cerradas, y desierto el mal cuidado jardinillo que separaba la casa de la plataforma de Juan-Bart. Por el otro lado pasaba el camino de Vandame, un pueblecillo oculto detrás del bosque, a unos tres kilómetros de distancia.
Deneulin, cansado de haber pasado un gran rato el día antes en el fondo de la mina, roncaba como un bendito, con la nariz entre las sábanas, cuando soñó que le llamaban. Acabó por despertar; oyó realmente una voz que le nombraba, y corrió a abrir la ventana. Era uno de sus capataces que estaba en el jardín, al pie de la ventana de su alcoba.
—¿Qué hay? —preguntó.
—Señor, una sublevación; la mitad de la gente no quiere bajar al trabajo, y han ido a impedir que trabajen los demás.
Sin duda comprendía mal, porque no estaba bien despierto.
—¡Pues obligadles a que trabajen! —murmuró.
—Ya hace una hora que están con eso —replicó el capataz—. Por eso se nos ha ocurrido venir a buscarle. Solamente usted logrará, acaso, que obedezcan.
—Bueno; allá voy.
