Germinal
Germinal Y la muchedumbre de huelguistas invadió la llanura, blanca de escarcha a la pálida luz de aquel sol de invierno, y se alejó desbordándose por la carretera a través de los sembrados de remolacha. Esteban había tomado el mando. Sin que nadie se detuviera, daba sus órdenes, organizando la marcha. Juan galopaba a la vanguardia, haciendo sonar la bocina. Luego, en las primeras filas, caminaban las mujeres, algunas armadas con palos; la mujer de Maheu, con una expresión salvaje en los ojos, miraba como buscando la prometida tierra de la justicia; la Quemada, la de Levaque, la Mouquette, alargando el paso cuanto podían, bajo sus andrajos, como soldados que parten para la guerra. En caso de tener un mal encuentro, verían si los gendarmes osaban hacer fuego contra las mujeres. Luego seguían los hombres en una confusión indescriptible, armados de barras de hierro y palos, dominados todos por el hacha de Levaque, cuyo acero brillaba a los rayos del sol.
En el centro, Esteban no perdía de vista a Chaval, a quien obligaba a caminar delante de él; mientras Maheu, detrás, con aire sombrío, lanzaba miradas a Catalina, la única mujer que iba entre aquellos hombres, obstinada en trotar junto a su querido, para evitar que nadie le hiciese daño. Cabezas desgreñadas se sacudían en el aire; no se oía más que el pisar de los zuecos, como el rumor de un rebaño en marcha, dominado por los estridentes sonidos de la bocina de Juan.
