Germinal

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V

El señor Hennebeau se había asomado a la ventana de su despacho para ver salir el carruaje que llevaba a su mujer a Marchiennes, pasando antes por casa de Grégoire y de Deneulin, donde debía recoger a Cecilia, Lucía y la hermana de ésta. Con la vista siguió un momento a Négrel, cuyo caballo trotaba a la portezuela del coche, y luego fue tranquilamente a sentarse a su mesa de despacho. Cuando su mujer y su sobrino se ausentaban, la casa parecía desierta. Precisamente aquel día el cochero guiaba el carruaje de la señora; Rosa, la doncella, tenía permiso para salir hasta las cinco de la tarde, y no quedaban en la casa más que Hipólito, el ayuda de cámara, que estaba limpiando perezosamente las habitaciones, y la cocinera, a vueltas, desde el amanecer, con sus guisados y con sus cacerolas, y entregada a los preparativos de la comida que daban aquella tarde los señores a sus amigos. Así, que el señor Hennebeau se prometía trabajar mucho, y aprovechar el tiempo, en medio de aquel silencio y aquella tranquilidad.






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