Germinal
Germinal —¡Pues ya lo creo!… ¡No has tardado poco en darte cuenta!…
Los cuatro cortadores de arcilla acababan de tenderse unos encima de otros, y trabajaban con ardor. Separados por los tablones de andamio que sujetaban el carbón, cada uno ocupaba unos cuatro metros de la veta, y ésta era tan delgada (apenas tendrÃa en aquel sitio cincuenta centÃmetros de espesor), que estaban allà como aplastados entre el techo y la pared, arrastrándose sobre las rodillas y los codos, y no pudiéndose volver sin lastimarse la espalda y los hombros. Para arrancar la hulla, tenÃan que estar tendidos de costado, con el cuello torcido y los brazos levantados, a fin de poder manejar el pico y el berbiquÃ.
Junto a la entrada de la vÃa estaba ZacarÃas, luego Levaque y Chaval encima de él; y allá en lo más alto, Maheu. Todos atacaban la veta a fuerza de pico; luego, cuando de ese modo habÃan desprendido por abajo la capa de mineral, practicaban dos hendiduras verticales y desprendÃan el pedazo, formando palanca por la parte superior. La hulla estaba blanda, y los pedazos se desmoronaban, cayendo por su vientre y sus piernas. Cuando aquellos pedazos, contenidos por los tablones, se amontonaban debajo de ellos, los obreros casi desaparecÃan, quedando como emparedados en la estrecha hendidura.
