Germinal
Germinal —Dios mÃo, ahora me toca a mÃ; llevadme de aquÃ… ¡Dios mÃo, llevaos a mi marido, llevadnos a todos, por compasión al menos!
El domingo de aquella semana, a las ocho de la mañana, Souvarine estaba solo en la sala de La Ventajosa, en su sitio de costumbre, con la cabeza apoyada en la pared. Más de un minero no sabÃa dónde encontrar los dos sueldos que costaba un vaso de cerveza; asà es que jamás habÃa habido menos gente en las tabernas. Por eso la señora Rasseneur, sentada detrás del mostrador, observaba un silencio profundo de mal humor, mientras su marido, en pie delante de la chimenea, parecÃa mirar atentamente el humo que salÃa de la lumbre.
De pronto, en medio de aquel pesado silencio propio de las habitaciones demasiado caldeadas, tres golpecitos dados en los vidrios de la ventana hicieron volver la cabeza a Souvarine. Se levantó, porque habÃa conocido la señal usada ya varias veces por Esteban para llamarle, cuando le veÃa desde fuera fumando un cigarrillo en su sitio de costumbre. Pero antes de que el maquinista pudiese llegar a la puerta, Rasseneur la abrió y al saber quien llamaba, le dijo sin vacilar:
—¿Temes que te venda?… Mejor hablaréis aquà dentro.
Esteban entró; pero rehusó el vaso de cerveza que le ofrecÃa galantemente la señora Rasseneur. El tabernero añadió:
