Germinal
Germinal —¡Ah! No, no y no. ¡Puesto que a quien quieres es a ése, duerme con él, grandÃsima bribona! ¡No vuelvas a poner los pies en mi casa, si tienes en algo tu pellejo!
Y dando un portazo brutal, salió de la taberna.
Tan profundo era el silencio entonces, que se oÃa el chisporrotear del carbón de la chimenea. En el suelo no quedaba más que la silla que habÃan derribado, y unas gotas de sangre que iba chupando la arena que cubrÃa el pavimento.
Al salir del establecimiento de Rasseneur, Esteban y Catalina caminaron en silencio. Empezaba el deshielo, un deshielo frÃo y lento, que ensuciaba la nieve sin derretirla, convirtiéndola en barro. En el cielo lÃvido se adivinaba la luna llena, medio oculta tras grandes nubarrones negros, que un viento de tempestad hacÃa correr con rapidez vertiginosa; y abajo, en la tierra, no se oÃa ruido ninguno más que el del agua que caÃa por las canales de las casas.
