Germinal

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De pronto, Catalina se estremeció al oír el toque de una corneta. Se empinó, y vio que el destacamento de la Voreux tomaba las armas. Esteban acudía corriendo, mientras Braulio y Lidia salían de su escondite. Y halló a lo lejos, a la indecisa luz del amanecer, una turba de hombres, mujeres y chiquillos, desaforadamente avanzaba con rapidez por el camino del barrio de los obreros.

V

Acababan de formar barricadas en todas las entradas de la Voreux, y los veinticinco soldados, fusil en ristre, defendían la única puerta que quedaba libre, y que conducía a la entrada de las oficinas y al departamento de las máquinas, por su escalerilla estrecha, donde se abrían las puertas del cuarto de los capataces y de la barraca. El capitán los había formado en dos filas, apoyados contra la pared, para evitar que pudiesen ser atacados por retaguardia.

Al principio, el grupo de huelguistas llegado del barrio de los obreros se mantuvo a cierta distancia. Serían, cuando más, treinta o treinta y cinco.

La mujer de Maheu, que iba delante, despeinada, medio desnuda, con Estrella dormida en los brazos, gritaba con voz febril.

—¡Qué nadie entre ni salga! ¡Es necesario cogerlos a todos ahí, sin que se escape ni uno!


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