Germinal
Germinal Esteban, aturdido, buscaba una frase amistosa para no separarse asÃ.
—¿De manera que te vas?
—Pues dame la mano, amigo mÃo. Buen viaje, y no me guardes rencor.
El otro le alargó su mano, que estaba helada. ¡Ni amigo, ni mujer!
—Adiós para siempre esta vez…
—SÃ, adiós.
Y Souvarine, inmóvil en la oscuridad, siguió con la vista a Esteban y a Catalina, que entraron en la Voreux.
A las cuatro empezaron a bajar los obreros. Dansaert, instalado en la oficina del marcador, en el departamento de las luces, inscribÃa en un libro el nombre de cada obrero que iba presentándosela, y hacÃa que le diesen una linterna. Los admitÃa a todos sin hacer ninguna observación, cumpliendo fielmente la promesa de la CompañÃa; pero cuando vio por el ventanillo a Esteban y a Catalina, dio un salto en la silla y se puso muy colorado; se quedó con la boca abierta para decirles que se marchasen; pero se contuvo, y se contentó con el triunfo que aquello significaba. ¡Hola, hola! ¡Con que el fuerte de los fuertes se rendÃa! ¡El terrible cabecilla de Montsou iba a pedirles de comer! Esteban cogió en silencio la linterna y subió a la boca del pozo, acompañado de la muchacha.
