Germinal
Germinal Abajo, en el fondo de la mina, en el momento de la inundación, los infelices que se habían retrasado aullaban de terror. El agua les llegaba al pecho. El estruendo del torrente los aturdía. El estrépito producido por el maderamen en su caída, les hacía pensar en una catástrofe horrenda que acabara con el mundo entero; y su espanto sin límites crecía oyendo los relinchos de los caballos encerrados en la cuadra, relinchos de muerte, terribles, capaces de volver loco a cualquiera.
Mouque había soltado a Batallador. Y el pobre animal, con la crin erizada, el ojo dilatado y la mirada fija, contemplaba el agua, que iba subiendo de nivel rápidamente. De pronto, el animal volvió grupas, y emprendió una vertiginosa carrera por las oscuras galerías. Aquella fue la señal de ¡sálvese el que pueda! Todo el mundo echó a correr detrás del caballo.
—Aquí no hay nada que hacer —gritó Mouque—; vamos a ver si podemos salir por Réquillart.
La esperanza de salvarse por la mina vieja, si las aguas no la habían invadido todavía, les daba alas.
