La jauria
La jauria Renée había cedido a la ligera sacudida de la calesa al reanudar la marcha, y, dejando caer los quevedos, de nuevo se había reclinado a medias sobre los cojines. Atrajo frioleramente hacia sí una esquina de la piel de oso que llenaba el interior del carruaje como un manto de nieve sedosa. Sus manos enguantadas se perdieron en la suavidad del largo pelo rizado. Empezaba a soplar un cierzo. La tibia tarde de octubre que, al darle al Bosque un rebrote de primavera, había llevado a la alta sociedad a salir en coche descubierto, amenazaba con rematarse en un atardecer de aguda frescura.
Por un momento, la joven siguió aovillada, recobrando el calor de su rincón, abandonándose al balanceo voluptuoso de todas aquellas ruedas que giraban delante de ella. Después, alzando la cabeza hacia Maxime, cuyas miradas desnudaban tranquilamente a las mujeres que se exhibían en los cupés y los landós vecinos:
—¿De veras encuentras bonita —preguntó— a esa Laure de Aurigny? ¡Hacíais unos elogios, el otro día, cuando se anunció la venta de sus diamantes!… A propósito, ¿no has visto el collar y el tembleque que tu padre me compró en esa venta?
—Hace bien las cosas, desde luego —dijo Maxime sin responder, con una risa maligna—. Encuentra el modo de pagar las deudas de Laure y de regalar diamantes a su esposa.
La joven se encogió levemente de hombros.