La jauria

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Renée se incorporó levemente, guiñó los ojos, con el exquisito mohín que la obligaba a adoptar la debilidad de su vista.

—La creía huida —dijo—. Se ha cambiado el color del pelo, ¿verdad?

—Sí —prosiguió Maxime riendo—, su nuevo amante detesta el rojo.

Renée, inclinada hacia delante, con la mano apoyada en la portezuela baja de la calesa, miraba, despierta del triste sueño que desde hacía una hora la tenía en silencio, tendida en el fondo del carruaje como en una tumbona de convaleciente. Llevaba, sobre un traje de seda malva, con sobrefalda y túnica, guarnecido con anchos volantes plisados, un corto gabán de paño blanco, con vueltas de terciopelo malva, que le daba un aire muy audaz. Sus extraños cabellos de un leonado pálido, un color que recordaba el de la mantequilla fina, estaban apenas ocultos bajo un diminuto sombrero adornado con un manojo de rosas de Bengala. Seguía guiñando los ojos, con su aspecto de muchacho impertinente, su frente pura cruzada por una gran arruga, su boca con el labio superior que sobresalía, como el de un niño enfurruñado. Después, como veía mal, cogió sus quevedos, unos quevedos de hombre, con montura de concha, y sosteniéndolos en la mano, sin colocárselos en la nariz, examinó a la gruesa Laure de Aurigny a sus anchas, con un aire completamente tranquilo.


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