La jauria
La jauria Aristide Rougon se abatió sobre París, después del 2 de diciembre, con ese olfato de las aves de presa que huelen de lejos los campos de batalla. Llegaba de Plassans, una subprefectura del sur, donde su padre acababa de pescar en el río revuelto de los acontecimientos una recaudación particular largamente codiciada. Él, todavía joven, tras haberse comprometido como un necio, sin gloría ni provecho, hubo de considerarse dichoso de salir sano y salvo de la trifulca. Acudía, furioso por haber errado el camino, maldiciendo las ciudades de provincias, hablando de París con apetitos de lobo, jurando «que no volvería a ser tan idiota»; y la sonrisa aguda con la que acompañaba estas palabras adquiría una terrible significación en sus labios delgados.