Nana

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Capítulo V

Se daba en el Varietés la trigésimo cuarta representación de La Venus Rubia. Acababa de concluir el primer acto. En el saloncito de los artistas, Simonne, vestida de lavandera, estaba frente a una consola con espejo, entre las dos puertas del ángulo, que se abrían al pasillo de los camerinos. Se repasaba y se pasaba un dedo bajo los ojos para corregir su maquillaje; los mecheros de gas, a cada lado del espejo, le calentaban el cuerpo con sus chorros de luz cruda.

—¿Acaso ya ha llegado? —preguntó Prullière, que entró con su traje de almirante suizo, su gran sable, sus enormes botas y su inmensa pluma.

—¿Quién? —preguntó Simonne sin molestarse, riendo al espejo para verse los labios.

—El príncipe.

—No lo sé; ahora bajo… Pero debe venir. Viene todos los días.



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