Nana
Nana El conde Muffat, acompañado de su esposa y de su hija, había llegado la víspera a las Fondettes, en donde la señora Hugon, que estaba sola con su hijo Georges, les había invitado a pasar ocho días. La casa, construida a finales del siglo XVII se levantaba en medio de un inmenso recinto cuadrado, sin ornamento alguno, pero el jardín disponía de sombras magníficas y de una sucesión de estanques de agua corriente que alimentaba los manantiales. Estaba a lo largo de la carretera de Orleáns a París, como un islote de verdor, un ramillete de árboles que rompía la monotonía de esa llanura donde los cultivos se extienden hasta el infinito.
A las once, cuando el segundo toque de campana para el almuerzo hubo reunido a todo el mundo, la señora Hugon, con su buena sonrisa maternal, dio grandes besos en las mejillas de Sabine y dijo:
—Ya sabes, en el campo es mi costumbre… Me rejuvenece veinte años verte aquí… ¿Has dormido bien en tu antigua alcoba?
Luego, sin esperar su respuesta, se volvió hacia Estelle:
—Y esta pequeña ha dormido de un tirón, ¿no es así? Dame un beso, pequeña.
