Nana

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Capítulo VII

Tres meses más tarde, en una noche de diciembre, el conde Muffat se paseaba por el pasaje de los Panoramas. El atardecer había sido muy suave, y un chaparrón acababa de llenar el paisaje con una oleada de gente.

Había allí un desfile pesado y lento, apretujado entre las tiendas. Estaban bajo los cristales blanqueados de reflejos, por una violenta claridad y una sucesión de luces, de globos blancos, de linternas rojas, de transparentes azules, de cornisas de gas, de relojes y de abanicos gigantes con rasgos de llama, ardiendo en el aire, y la mezcolanza de los escaparates, el oro de los joyeros, los cristales de los confiteros, las sedas claras de los modistas, brillando tras la pureza de los vidrios, en medio del foco de luz cruda de los reflectores, mientras que, entre el batiburrillo pintarrajeado de las muestras, un enorme guante de púrpura, a lo lejos, parecía una mano sangrante, cortada y atada a una manga amarilla.

Lentamente, el conde Muffat había subido hasta el bulevar. Echó una mirada a la calzada y luego volvió sobre sus pasos, arrimándose a las tiendas. Un aire húmedo y cálido dejaba un vapor luminoso en el estrecho pasadizo. A lo largo de las baldosas, mojadas por el gotear de los paraguas, sonaban los pasos continuamente, sin rumor de voces.


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