Nana

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Capítulo VIII

Fue en la calle Véron, en Montmartre, en un pequeño alojamiento del cuarto piso. Nana y Fontan habían invitado a algunos amigos para celebrar la noche de Reyes. Estrenaban la casa, pues sólo hacía tres días que se habían instalado.

Se hizo bruscamente, sin idea preconcebida de vivir juntos, con los primeros ardores de su luna de miel. Al día siguiente de la bonita algarada, cuando echó tan abiertamente a la calle al conde y al banquero, Nana sintió que todo se desmoronaba en torno suyo. En un instante midió la situación: los acreedores caerían en su antesala, se mezclarían con sus asuntos de amor, tratarían de venderlo todo si no era razonable, y todo se convertiría en discusiones, en quebraderos de cabeza sin acabar nunca, para disputarse sus cuatro muebles. Y prefirió abandonarlo todo. Además, el apartamento del bulevar Haussmann la aburría. Era una estupidez, con sus grandes salas doradas.

En un arranque de ternura por Fontan, empezó a soñar en un pisito claro, volviendo así a su antigua idea de florista, cuando aún no veía más allá de un armario con espejo de palisandro y una cama tapizada de reps azul. En dos días vendió todo lo que pudo sacar, chucherías y joyas, y desapareció con una decena de miles de francos, sin decir una palabra a la portera; una zambullida, una fuga, y ni rastro. De esta manera los hombres no irían a colgarse de sus faldas.


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