Nana

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Capítulo X

Entonces Nana se convirtió en mujer elegante, rentista de la necedad y la lascivia de los hombres y marquesa de las lujosas aceras. Fue un lanzamiento brusco y definitivo, una ascensión en la celebridad de la galantería, en la clara vorágine del dinero y de las audacias despilfarradoras de la belleza. En seguida reinó entre las más cotizadas.

Sus fotografías se exhibían en los escaparates, se la citaba en los periódicos. Cuando pasaba en coche por los bulevares, la gente se volvía y la nombraban con la emoción de un pueblo aclamando a su soberana, mientras que, familiarmente reclinada en sus tocados vaporosos, sonreía con aire jovial, bajo la lluvia de ricitos rubios que caían en el círculo azul de sus ojos y el bermellón de sus labios.

Y lo prodigioso era que esta gorda rameruela, tan torpe en el escenario, tan graciosa cuando pretendía hacerse la mujer honrada, interpretaba en la ciudad los papeles de encantadora sin esfuerzo. Aquello eran flexibilidades de culebra, un estudiado desnudamiento, como involuntario, de exquisita elegancia; una distinción nerviosa de gata de raza, una aristocracia del vicio, soberbia, revuelta, poniendo el pie sobre París como dueña todopoderosa. Ella daba el tono y las grandes damas la imitaban.


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